
Breandán Kearney · 27/11/2025 · 24 min de lectura – Traducción: Belgas Online
2026 marcará el décimo aniversario del reconocimiento por parte de la UNESCO de la cultura cervecera belga como parte del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad (el único país del mundo que lo ha conseguido). La historia entre bambalinas de cómo Bélgica lo logró —con giros de guion, maniobras políticas y compromisos estratégicos— demuestra la esencia del carácter del país: despiadadamente pragmático y silenciosamente persuasivo.
Texto e investigación: Breandán Kearney
Ilustraciones: Gheleyne Bastiaen
Edición: Eoghan Walsh
Este reportaje, editorialmente independiente, ha contado con el apoyo de VISITFLANDERS como parte de la serie “Game Changers”.
El 30 de noviembre de 2016, el entusiasta de la cerveza belga y político bruselense Sven Gatz recibió un mensaje de texto de un remitente en Etiopía. Aquel mensaje señalaba un momento histórico no solo para la cerveza mundial, sino para la posición de Bélgica como país.
El remitente era Norbert Heukemes, funcionario de los Cantones del Este, la región germanoparlante de Bélgica. Heukemes había sido responsable de ayudar a Gatz y a otros a preparar una solicitud en nombre del Reino de Bélgica ante la UNESCO —la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura—.
Heukemes escribía a Gatz al término de la undécima sesión del Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO, celebrada en Addis Abeba. Quería ser el primero en darle la buena noticia: su candidatura había sido “adoptada conforme a la propuesta” por los 183 países firmantes de la Convención. Habían ganado: la cultura cervecera belga quedaba oficialmente reconocida como patrimonio mundial.
La UNESCO reconoce culturas alimentarias como la del kimchi en Corea, la pizza napolitana en Italia o la baguette francesa como patrimonio mundial. Pero, entre todas las culturas cerveceras del mundo, la belga fue la primera —y hasta hoy la única— en recibir ese reconocimiento. Esto suponía acceso a fondos culturales de la UNESCO y mayor protección a nivel nacional, pero también legitimaba la cultura cervecera belga como producto turístico y daba un importante impulso moral a la diversa comunidad que trabaja por mantener vivas las tradiciones cerveceras del país.
Esta fiesta, la fiesta definitiva, era el resultado de una campaña errática de cinco años que unió a la comunidad cervecera y al estamento político a través de las tres comunidades lingüísticas de Bélgica, demostrando cómo el país —a pesar de su pequeño tamaño, su complejidad cultural y sus tensiones políticas— es capaz de tener un impacto global gracias al pragmatismo implacable de sus ciudadanos, a su capacidad para asumir una pluralidad compleja y a su rechazo del patriotismo estridente en favor de la persuasión discreta.

Gatz había planeado estar en Addis Abeba, incluso había reservado el vuelo. Pero menos de dos semanas antes de viajar recibió una llamada del entonces presidente de la Federación de Cerveceros Belgas, Jean-Louis de Perre. “Me dijo que la fiesta la íbamos a hacer aquí”, recuerda Gatz. Y pensó que celebrarlo en casa sería como “ganar un Mundial”.
Sven Gatz había estado involucrado en política desde sus años de estudiante, a mediados de los ochenta, como miembro de la Volksunie —un partido nacionalista flamenco defensor del federalismo y la autonomía cultural—, llegando a representarles en el Parlamento de Bruselas en 1995 y, más tarde, en el Parlamento flamenco en 1999. Cuando el movimiento se dividió en 2001, Gatz se unió a una escisión social-liberal y acabó integrándose en el partido liberal flamenco como jefe de su grupo parlamentario.
En 2011 recibió una llamada de un antiguo compañero de escuela: Michel Moortgat, ahora director ejecutivo del grupo cervecero familiar Duvel Moortgat. Moortgat llamaba porque la Federación de Cerveceros Belgas —la asociación profesional que representa tanto a grandes como a pequeños productores— buscaba un nuevo director. ¿No sería ese un puesto interesante para su antiguo compañero? El momento era oportuno: tras casi dos décadas, Gatz necesitaba un descanso de la política. Y aunque desde la perspectiva de Moortgat parecía una apuesta arriesgada, no era del todo inesperada.

Gatz había desarrollado un vínculo emocional con la cultura cervecera belga desde muy joven. Recuerda cómo las calles de Molenbeek, donde creció, olían a las cervecerías cercanas y cómo, con apenas ocho años, sus padres comenzaron a ofrecerle medio vaso de cerveza una vez por semana durante las comidas familiares.
Su padre había cofundado un club cervecero en Bruselas que solía reunirse los domingos por la noche en casa de los Gatz, y el joven Sven soñaba con unirse a ellos: “Cuando me iba a la cama, los oía reírse. Por la mañana veía el campo de batalla, con todos los vasos”. A los 17 años quedó una plaza libre y Gatz ocupó su lugar, siendo miembro hasta hoy. Más tarde escribiría guías de bares de Bruselas mientras seguía activo en política.
Así que Gatz aceptó la oferta de Moortgat y, al llegar a la Casa de los Cerveceros en 2011, descubrió que ya se estaba trabajando en la candidatura ante la UNESCO.
Bélgica no era ajena a estas solicitudes: la Grand-Place de Bruselas, donde se encuentra la Casa de los Cerveceros, es Patrimonio Mundial. Pero lograr el reconocimiento de la cultura cervecera era un reto de otro calibre. El primer paso consistía en obtener el respaldo de todas las regiones y comunidades del país.
Flandes ya lo había reconocido en 2011. En 2012, Valonia incluyó la cultura cervecera en el registro cultural de la Comunidad francófona. Solo quedaba convencer a la tercera comunidad oficial: los germanoparlantes de los Cantones del Este. Gatz dirigió su atención hacia el este.
En 2004, con solo 24 años, Isabelle Weykmans, del partido liberal Partei für Freiheit und Fortschritt, fue elegida como la primera mujer ministra de la Comunidad germanoparlante de Bélgica, responsable de Cultura. Veintiún años después, sigue ocupando el cargo.
Apenas 78.000 personas viven en el territorio bajo su responsabilidad, en localidades como Eupen, Malmedy o Sankt Vith, entre colinas, bosques y valles en el extremo occidental del macizo del Eifel-Ardenas. Representan menos del 1 % de la población belga.
Históricamente, los Cantones del Este formaron parte de Prusia y posteriormente de Alemania durante periodos de ambas guerras mundiales, hasta su retorno a Bélgica en 1919 y nuevamente en 1945.
Los belgas germanoparlantes usan la expresión “pertenencia por elección” para describir su relación con Bélgica. Es un patriotismo muy belga: pragmático y pacífico, menos basado en banderas y más en participación cívica.
Hasta que Gatz contactó con Weykmans, los Cantones del Este nunca habían presentado una candidatura ante la UNESCO. En parte, por una tradición no escrita que alternaba las propuestas entre las comunidades flamenca y francófona, dejando fuera a los germanoparlantes. Pero esta vez, el país los necesitaba.
Era cultura cervecera. No había espacio para resentimientos ni ajustes de cuentas políticos. Weykmans se reunió con Gatz para escuchar su propuesta.
Gatz pensaba que, si la candidatura partía de la comunidad lingüística minoritaria —que nunca había presentado una solicitud—, podría tener más opciones de avanzar con rapidez en el proceso de evaluación. Ya había obtenido el respaldo de los ministros de Cultura flamenco y francófono; solo faltaba el de Weykmans.

Ella aceptó encantada. “Fue la primera vez que Bélgica presentó una candidatura conjunta de las tres comunidades”, explica. “Fue algo simbólico”.
Con el reconocimiento de la Comunidad germanoparlante en 2013, el camino hacia la UNESCO quedó despejado, con una condición: serían ellos quienes liderarían el expediente.
Weykmans firmaría la candidatura en nombre de Bélgica y alguien del gobierno germanoparlante asumiría el papel de “contacto administrativo”: un alto funcionario con experiencia, responsable de coordinar el expediente y trabajar con los diplomáticos belgas ante la UNESCO.
Tenía que hablar alemán, neerlandés, francés e inglés, y conocer profundamente la cerveza belga en todas sus facetas.
Por suerte, esa persona ya trabajaba allí.
Norbert Heukemes sabía cómo mover los engranajes de la administración, y sabía de cerveza belga. Secretario general del Ministerio de la Comunidad germanoparlante desde 2005, llevaba años implicado en clubes cerveceros locales y viajaba con frecuencia a festivales y eventos cerveceros por toda Bélgica.
Pero, de forma crucial, también era propietario de una pequeña cervecería comercial —Eupener Brauerei— desde la que elaboraba y vendía cerveza bajo la marca Cabane.
Su cervecería de pequeños lotes —en gran medida tradicional y vendida únicamente en Eupen y en los pueblos de los alrededores como motivo de orgullo comunitario— lo convertía en el defensor perfecto de la candidatura de la cultura cervecera belga ante la UNESCO.
Si Gatz fue el arquitecto de la nominación, Heukemes fue el ingeniero jefe. Pero justo cuando el proyecto empezaba a tomar forma, las elecciones belgas de mayo de 2014 amenazaron con descarrilarlo por completo.

Si los ministros de Cultura en funciones —y favorables al proyecto— eran sustituidos por sucesores menos comprometidos, toda la iniciativa podía quedar en nada.
Afortunadamente, Isabelle Weykmans fue reelegida y reconfirmada en los Cantones del Este, y su nueva homóloga en Valonia se apresuró a señalar que mantendría el apoyo de su predecesora. Solo quedaba Flandes y la incógnita de quién sería el próximo ministro flamenco de Cultura.
Fue entonces cuando Sven Gatz recibió otra llamada telefónica, esta vez del líder de los liberales flamencos. Necesitaban —le dijeron— “a un liberal bruselense con conocimientos de cultura” para formar su coalición de gobierno. Gatz llevaba tres años fuera de la política y no era parlamentario en activo. Pero eso no importaba. Tenía el perfil adecuado. ¿Podía echar una mano al partido?
El 25 de julio de 2014, Sven Gatz dejó la Casa de los Cerveceros para asumir su nuevo cargo en el Gobierno flamenco: ministro de Cultura. La cerveza belga tenía a un hombre dentro del sistema, dispuesto a defender la cultura cervecera del país.
Ahí fue cuando empezó el verdadero trabajo. En primer lugar, Norbert Heukemes debía demostrar que la cultura cervecera belga constituía realmente “patrimonio cultural inmaterial”, tal como se define en el artículo 2 de la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial.
Para ello, Heukemes se apoyaría en el conjunto vivo de prácticas sociales, saberes artesanales y rituales vinculados a la elaboración, el servicio y el disfrute de la cerveza en Bélgica.
Había que demostrar el conocimiento belga de la elaboración y la fermentación, sus rituales de cata y maridaje, la rica diversidad de encuentros sociales, hermandades y festivales centrados en la cultura cervecera, así como las expresiones culinarias y artesanales del país, incluidas la cocina con cerveza, los quesos lavados en cerveza y el “teatro” de la cristalería cervecera belga.
Y, además, tendrían que superar tres obstáculos importantes si querían tener éxito.
El primer desafío era de carácter comercial.
La candidatura belga no podía percibirse como una gallina de los huevos de oro para las cerveceras industriales. Se trataba de un reconocimiento cultural —“para la cultura cervecera, no para la cerveza”, subraya Heukemes—. Cualquier indicio de presión comercial habría lastrado la nominación.
El equilibrio era delicado: la Federación de Cerveceros Belgas había sido, al fin y al cabo, la impulsora de la candidatura y entre sus miembros se encontraban grandes grupos como AB InBev, Alken-Maes (Heineken), Duvel Moortgat, John Martin y Huyghe. Para contrarrestar estos intereses corporativos, Heukemes y su equipo optaron deliberadamente por centrar la candidatura en las cervecerías independientes más pequeñas, las cervecerías trapenses de carácter eclesiástico, los productores de lambic, las cervecerías familiares y las prácticas comunitarias.
En los vídeos promocionales se cuidaron de dar protagonismo a cerveceros respetados de pequeñas cervecerías independientes, como Frank Boon, de Brouwerij Boon, o Yvan de Baets, de Brasserie de la Senne. Un responsable de marketing de Chimay habló de los valores de la orden trapense, y otras figuras destacadas del mundo cervecero belga —el científico cervecero Filip Delvaux, el chef Alain Feyt y la zitóloga Sofie Vanrafelghem— también aparecieron de forma prominente.

Heukemes y su equipo recorrieron el país reuniéndose con cerveceros, zitólogos, ONG, profesores y periodistas. Mantuvieron encuentros con organismos patrimoniales y cerveceros de distintos ámbitos y lograron apoyos, entre otros, de la Asociación Internacional Trapense, la Federación de Cerveceros Belgas, el Alto Consejo de las Cervezas Lambic Artesanas (HORAL) y asociaciones de consumidores de cerveza de las tres comunidades lingüísticas del país (además de la que representa a Bruselas).
También llegaron cartas de apoyo de gremios, cofradías e instituciones educativas, incluida la Orden del Fourquet Cervecero y el programa de formación en elaboración cervecera y zitología de SYNTRA.
La comunidad cervecera estaba completamente implicada.
El segundo escollo era más espinoso: el alcohol.
El comité de 24 países creado por la UNESCO para evaluar la candidatura belga incluía a Afganistán, Argelia, Senegal y Turquía, todos ellos países con leyes muy restrictivas en lo relativo a la producción, venta y consumo de alcohol. Y, previsiblemente, también en lo relativo a su promoción.
El abuso del alcohol y las cuestiones de salud pública se convirtieron en una parte central del argumentario belga. Heukemes y su equipo destacaron la “iniciativa Arnoldus”, una iniciativa del sector cervecero belga creada en 1992 que establece principios de autorregulación en la publicidad de la cerveza y en la promoción del consumo responsable. También citaron la “campaña BOB”, una histórica campaña belga de conductor designado, desarrollada conjuntamente por cerveceros, autoridades y organismos de seguridad vial en 1995.

Asimismo, subrayaron la normativa nacional que prohíbe el consumo de alcohol entre los jóvenes en Bélgica: es ilegal vender o servir cerveza a menores de 16 años. Con ello esperaban disipar cualquier preocupación sobre la utilización del sello de la UNESCO en algo relacionado con el consumo de alcohol.
El último gran obstáculo tenía que ver con la sostenibilidad de la cultura cervecera belga: su estado de salud y si las competencias, la educación, la participación comunitaria y la diversidad artesanal necesarias para mantenerla viva eran duraderas.
Bélgica debía demostrar que existían medidas de salvaguardia para proteger y promover su cultura cervecera; de lo contrario, la UNESCO sería reacia a respaldarla.
En este punto, Heukemes señaló la creación de un nuevo “Observatorio de la Diversidad de las Artes Cerveceras” (liderado por la Comunidad germanoparlante), el desarrollo de formaciones oficiales y titulaciones profesionales para cerveceros y zitólogos, así como la promoción de rutas cerveceras, museos, redes de cafés y prácticas de elaboración sostenible.
Con todo ello esperaban convencer al comité evaluador de la UNESCO.
El 23 de marzo de 2015, el expediente de nominación n.º 01062 (Cultura cervecera en Bélgica) fue presentado por Norbert Heukemes e Isabelle Weykmans: dos belgas germanoparlantes al frente de la iniciativa.
¿Funcionó la estrategia de Sven Gatz de poner a la comunidad lingüística minoritaria de Bélgica al frente de la campaña? Es difícil saberlo con certeza, pero en apenas 18 meses el expediente había superado la burocracia interna de la UNESCO y figuraba en el orden del día de la undécima sesión del Comité, prevista para noviembre de 2016 en Etiopía.
Tiempo suficiente para que el ministro Sven Gatz activara algunos canales “diplomáticos”.
Varios meses después de que Bélgica presentara su candidatura, en noviembre de 2015, Sven Gatz recibió una llamada de un diplomático belga destinado en Francia. La UNESCO celebraba su Conferencia General en su sede de París y casi todos los miembros del Comité que evaluaban la candidatura belga estarían allí. ¿Podría Gatz, en su condición de ministro flamenco de Cultura, organizar una cata de cervezas?
En apenas tres días, logró negociar el envío a París de quince cajas de cerveza procedentes de quince cervecerías belgas diferentes, junto con la cristalería correspondiente. Los diplomáticos belgas fueron claros con Gatz: había que ser discretos. “Nada de discursos y nada de presión política”, fue la consigna.
Su papel era sencillo: mezclarse, chocar copas y conversar. Sobre cerveza belga.
“Me di cuenta de que, por primera vez, tenía que explicarle a una persona de Namibia y a otra de Corea qué era una cerveza de abadía y por qué era tan buena”, recuerda Gatz.
También ayudó el protagonismo que la delegación belga dio a las propias cervezas: quince cervezas distintas presentadas en copas tulipa, goblets y cálices; un abanico de colores y espumas densas como helado; ácidas, dulces, amargas, especiadas y afrutadas, todas ellas expuestas en una mesa junto al expositor de botellas de champán de la delegación francesa.

“Puedo asegurarte que aquella noche no se tocó ni una sola copa de champán”, dice Gatz. “En ese momento supe que todo iba bien”. A partir de ahí, todos los caminos conducían a Etiopía.
En Addis Abeba, en 2016, había treinta y siete candidaturas culturales sometidas a examen.
Delegados de 170 países y organizaciones, incluidas ONG, organismos de la UNESCO y medios de comunicación, se reunieron en la capital etíope.
Todos los expedientes presentados al Comité de la UNESCO ya habían pasado meses de escrutinio por parte del panel de expertos encargado de evaluar la idoneidad de las candidaturas. Pero la inscripción nunca estaba garantizada. Muchos expedientes llegaban hasta ese punto solo para ser “remitidos”, un eufemismo diplomático que significaba ser devueltos a sus autores para su revisión.
En esa misma sesión, la candidatura de la India para el yoga se enfrentó a preguntas incisivas sobre si un fenómeno tan globalizado podía seguir considerándose patrimonio “basado en la comunidad”. Un expediente conjunto de Eslovaquia y Chequia sobre las tradiciones de marionetas también fue aplazado. Para los funcionarios, investigadores y representantes comunitarios que habían dedicado años a preparar sus candidaturas, aquello podía resultar devastador.

“Cultura cervecera en Bélgica” era el quinto expediente del orden del día. El inmediatamente anterior, un festival de peregrinación bielorruso en honor al icono de Nuestra Señora de Budslaŭ, fue considerado demasiado pobre en pruebas para cumplir los criterios de la UNESCO.
A continuación, Bélgica. Primero se presentaría la opinión del Órgano de Evaluación y, después, la adopción —si era positiva— de dicha recomendación por parte del Comité de la UNESCO.
El señor Eivind Falk, de Noruega, vicepresidente del Órgano de Evaluación, tomó la palabra:
“El Órgano de Evaluación ha decidido, a partir de la información incluida en el expediente, que la candidatura cumple los cinco criterios”, afirmó Falk. “Por tanto, ha decidido recomendar la inscripción de la cultura cervecera en Bélgica en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad”.
Recomendada, pero aún no adoptada. A medio camino.
Entonces tomó la palabra el señor Yonas Desta Tsegaye, ministro de Cultura de Etiopía y presidente del Comité de la UNESCO:
“La mesa no ha recibido ninguna solicitud de enmienda de este expediente, así que ¿confirma el comité que podemos proceder sin debate?”
Desta Tsegaye hizo una pausa y recorrió la sala con la mirada.
“No veo ninguna objeción”, continuó.
“¿Puedo, por tanto, pedir al comité que adopte el proyecto de decisión sobre este expediente tal como aparece en las pantallas, en su conjunto?”
Volvió a pausar y a observar la sala.
“No veo ninguna objeción”, repitió. “La decisión 11.COM 10.b.5 presentada por Bélgica sobre la cultura cervecera en Bélgica queda adoptada conforme a la propuesta”.
Un aplauso estalló en la sala.
“Enhorabuena a Bélgica por esta inscripción extraordinaria”, dijo Desta Tsegaye. “Les cedo ahora la palabra para sus comentarios”.
Norbert Heukemes encendió su micrófono mientras delegados de todo el mundo se colocaban los auriculares de traducción y esperaban su intervención.
“Hoy no represento solo a Bélgica”, afirmó Heukemes. “Represento a todos los cerveceros caseros y profesionales, a todos los museos y asociaciones, a todos los zitólogos y amantes de la cerveza; a todas las mujeres y a todos los hombres que forman parte de esta gran comunidad y que contribuyen a la sostenibilidad, diversidad y salvaguarda de este elemento del patrimonio cultural inmaterial”.
Heukemes aseguró al Comité de la UNESCO que se habían puesto en marcha medidas para proteger y fomentar la diversidad de la cultura cervecera, teniendo en cuenta “los riesgos asociados al consumo de alcohol y también al desarrollo sostenible”. Varias delegaciones, entre ellas Palestina, Turquía y Senegal, expresarían posteriormente su aprecio por la inscripción de la cultura cervecera belga, aunque advirtieron de que el Comité debía evitar “la promoción comercial de productos alcohólicos”. Ninguna, sin embargo, se opuso a la decisión.
Heukemes concluyó sus palabras señalando que la inscripción de la cultura cervecera había sido “un esfuerzo común” de Flandes, Valonia, la comunidad germanoparlante y Bruselas.
“La inscripción es un ejemplo del orgullo que sentimos por este trabajo conjunto”, concluyó.
Siguió otra ronda de aplausos, junto con apretones de manos y palmadas en la espalda por parte de las delegaciones cercanas.
En el acta resumida de la sesión, la UNESCO recogió las palabras de Heukemes, señalando que la candidatura “había sido fruto de la cooperación entre las tres comunidades de Bélgica y de numerosas organizaciones de la sociedad civil y cervecerías, grandes y pequeñas”. El presidente también destacó que la candidatura “era un excelente ejemplo de cómo el patrimonio inmaterial puede unir a comunidades en su diversidad”.
En los momentos posteriores al anuncio de la aprobación, Norbert Heukemes sacó su teléfono móvil. El comunicado oficial de la UNESCO llegaría poco después, pero Heukemes quiso avisar de inmediato a Sven Gatz y también a Isabelle Weykmans.
“Cuando recibí la llamada de Norbert, estaba esperando en el coche para ir a Bruselas, un poco nerviosa”, recuerda Weykmans. Aquellos mensajes fueron el pistoletazo de salida para que comenzara la celebración en Bélgica.
Más tarde ese mismo día —30 de noviembre de 2016— la prensa internacional se concentró en las escalinatas de la Casa de los Cerveceros, en la Grand-Place de Bruselas.
Allí posaron juntos para una foto de celebración: Jean-Louis de Perre, presidente de la Federación de Cerveceros Belgas, acompañado por los tres ministros de Cultura del país: Sven Gatz por Flandes; Alda Greoli, recientemente nombrada por la Comunidad francófona; e Isabelle Weykmans.
Todos levantaban una copa de cerveza belga con la inscripción “Fier op ons bier” —«Orgullosos de nuestra cerveza»—. Al fondo, sobre las columnas doradas de la entrada medieval de la Casa de los Cerveceros, ondeaba una bandera belga cuyo elemento amarillo central había sido transformado gráficamente en la silueta de una copa de cerveza.
«Todo lo que te rodea es patrimonio mundial», se leía para quienes alzaban la vista desde la Grand-Place. «Incluso nuestra cultura cervecera».
La cultura cervecera belga se convirtió en noticia internacional.
«Sabíamos que los países angloparlantes estarían muy interesados, porque también tienen una gran tradición y cultura cervecera», explica Weykmans. «Pero Francia mostró muchísimo interés y eso me sorprendió un poco».
Greoli recuerda aquel momento como uno de los días más “especiales” de su etapa como ministra.
«Estábamos juntos en una de las plazas más bonitas del mundo, la Grand-Place», dice. «No era solo la candidatura de la cerveza. Era un gran proyecto para el país».
La familia de Greoli había estado vinculada toda la vida al sector hostelero, gestionando cafés y restaurantes, y ella misma sentía un enorme orgullo por las cervezas de su región natal, en torno a Spa, de cervecerías como Brasserie de l’Abbaye du Val-Dieu y Brasserie Sparsa:

«La cerveza no es más de una parte [de Bélgica] que de otra… Si hablas de política, eres francófono o hablas neerlandés. Pero con la comida y la cerveza, somos belgas».
Desde 2016, otras tradiciones vinculadas a las bebidas han seguido los pasos de Bélgica. En diciembre de 2024, la cultura tradicional del sake japonés fue inscrita en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial, reconocida por los “conocimientos y técnicas tradicionales de elaboración del sake con moho kōji en Japón”. La cultura de la sidra asturiana, en España, también fue inscrita en 2024, y el antiguo método tradicional georgiano de elaboración del vino en qvevri lo fue en 2023.
En enero de 2025, el Ministerio de Cultura de Chequia añadió oficialmente la cultura cervecera y la elaboración de cerveza a su lista nacional de patrimonio cultural inmaterial y, desde entonces, ha presentado una candidatura ante la UNESCO. En Alemania también existen iniciativas para que sus tradiciones cerveceras sean reconocidas como patrimonio cultural en el futuro (figuran en la lista alemana desde 2020).
«Los alemanes están celosos», dice Weykmans sin disculparse. «Pero saben que tenemos buena cerveza».
En el Reino Unido, distintos actores trabajan asimismo para que la cultura del cask ale sea reconocida por la UNESCO. Aún no se ha presentado ningún expediente oficial, pero se ha lanzado una petición para que el Gobierno británico reconozca la producción y el servicio de la cerveza tradicional de barril como Patrimonio Cultural Inmaterial en su registro nacional.
Quizá Chequia, Alemania y el Reino Unido lo consigan algún día. Pero, por ahora, diez años después de aquella tarde de noviembre en Etiopía, Bélgica sigue siendo el único país cuya cultura cervecera está oficialmente reconocida como patrimonio mundial.

No todo ha sido un camino de rosas en estos diez años.
El consumo interno está descendiendo a medida que los jóvenes beben menos alcohol. La competencia del vino, los destilados y las opciones sin alcohol se intensifica. Existen barreras al comercio internacional, con el aumento de aranceles a las exportaciones belgas.
Hay presiones regulatorias, impulsadas por organismos de salud pública que reclaman una normativa más estricta. Se suman importantes desafíos económicos —inflación, subida de los costes energéticos y crisis de materias primas— que afectan a Bélgica como al resto de Europa. Y, recientemente, se ha producido una consolidación del mercado que podría expulsar a los pequeños productores y reducir la innovación en la cultura cervecera belga.
No es la primera vez, sin embargo, que la cultura cervecera belga se enfrenta a retos existenciales. La respuesta pragmática de la comunidad que la sostiene a lo largo del tiempo —cerveceros, clubes de consumidores, federaciones sectoriales, formadores, propietarios de cafés, políticos y consumidores— ha definido la longevidad y la profundidad de esta cultura. Y, por manido que suene, la cultura cervecera actúa como un vehículo simbólico de la identidad belga. Desempeña un papel cohesionador en un país federal con tres comunidades divididas por la geografía y la lengua.
En noviembre de 2024, el “Observatorio de la Cultura Cervecera” celebró la segunda conferencia dedicada a la cultura cervecera belga. Representantes del sector volvieron a reunirse en la Casa de los Cerveceros, en la Grand-Place de Bruselas. Norbert Heukemes inauguró el encuentro en nombre de la organización que ayudó a crear durante el proceso de nominación ante la UNESCO.
«Siempre es un gran honor para mí poder dirigirme a ustedes en alemán en esta sala sagrada», bromeó en su introducción, antes de alternar entre francés y neerlandés durante el resto de su intervención.
El evento incluyó la presentación de un informe que no estaba lleno de cifras, sino de valoraciones subjetivas realizadas por periodistas belgas sobre la evolución de la cultura cervecera en los últimos años.
«No es posible expresar el desarrollo de una cultura en números o estadísticas», afirmó Heukemes.
Tras la conferencia, los asistentes disfrutaron de una recepción con cerveza. Quienes recorrieron los pasillos pudieron ver una copia conmemorativa del Certificado de Inscripción que confirmaba la decisión del Comité Intergubernamental, colgada en una pared cerca de la entrada de la Casa de los Cerveceros. El certificado original se encuentra en Gospertstraße 1, en la administración cultural de la Comunidad germanoparlante en Eupen, el mismo por el que Isabelle Weykmans pasa cada día como ministra de Cultura.

Pese a todas las maniobras estratégicas, Heukemes no está convencido de que la política desempeñara un papel tan decisivo como podría pensarse para que la candidatura belga saliera adelante. Tal vez el hecho de que la comunidad germanoparlante nunca hubiera presentado antes una candidatura ante la UNESCO ayudara a que el expediente llegara a la mesa de la Secretaría, admite, pero «desde luego no una vez que estuvo en manos de la UNESCO».
«A la gente le gusta imaginar que la política no es más que negociación», concluye Heukemes. «Pero no es así. Si la cultura cervecera belga está en la lista es porque cumple los criterios del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Es importante que Bélgica lo sepa. No estamos ahí porque alguien fuera muy bueno negociando o haciendo lobby. Estamos ahí porque nuestra cultura lo merece».
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